23 de agosto de 2009

Capitalismo estilo Sarah Palin

Estamos en una época progresista, una época en la cual el suelo se mueve debajo de nuestros pies, y cualquier cosa es posible. Lo que hace un año considerábamos que era inimaginable decir y esperar, ahora es posible. En tiempos como éstos, es esencial que tengamos la mayor claridad posible acerca de qué queremos, porque en una de esas lo conseguimos. Así que las apuestas son elevadas.

Hoy en día, en los discursos normalmente hablo sobre el rescate (bancario). Todos necesitamos entenderlo porque se está llevando a cabo un robo, el mayor atraco en la historia monetaria. Pero hoy quisiera abordarlo de otro modo: ¿qué tal que el rescate sí funcione, qué tal que sí salvan al sector financiero y la economía regresa al curso que llevaba antes de que estallara la crisis? ¿Es eso lo que queremos? ¿Y cómo se vería ese mundo?

La respuesta es que se vería como Sarah Palin. Escuchen mis argumentos, no es un chiste. Creo que no hemos prestado suficiente atención al significado del momento Palin. Piénsenlo: Se subió al escenario mundial como candidata vicepresidencial el 29 de agosto, con mucha fanfarria, en un mitin de campaña de McCain. Exactamente dos semanas después, el 14 de septiembre, Lehman Brothers colapsó, y desencadenó el derrumbe financiero global.

Así que de cierta manera Palin fue la última expresión clara del capitalismo-de-más-de-lo-mismo antes de que todo se viniera abajo. Eso es bastante útil porque nos mostró –a su manera, llana, campechana– la trayectoria por la cual iba la economía estadunidense antes del actual colapso. Al ofrecernos este vistazo al futuro que apenas evitamos, Palin nos da la oportunidad de plantear una pregunta esencial: ¿Queremos ir ahí? ¿Queremos salvar ese sistema pre crisis, regresarlo a donde estaba el pasado septiembre? ¿O queremos utilizar esta crisis y el mandato electoral de hacer un cambio en serio que se obtuvo en la pasada elección, para transformar radicalmente ese sistema? Ya debemos tener clara nuestra respuesta porque no hemos tenido la potente combinación de una crisis seria y un claro mandato democrático progresista por un cambio desde los años 30. Usamos esta oportunidad o la perdemos.

Así que, ¿qué nos estaba diciendo Sarah Palin acerca del capitalismo-de-más-de-lo-mismo antes de que el colapso la interrumpiera de modo tan grosero? Primero recordemos que antes de que llegara, el público estadunidense, al fin, estaba comenzando a aceptar la urgencia de la crisis climática, el hecho de que nuestra actividad económica está en guerra contra el planeta, que hace falta de inmediato un cambio radical. De verdad estábamos teniendo esa conversación: los osos polares estaban en la cubierta de la revista Newsweek. Y luego, hizo su aparición Sarah Palin. La esencia de su mensaje fue: esos ecologistas, esos liberales, esos hacedores-de-bien están equivocados. No tienes que cambiar nada. No tienes que repensar nada. Sigue conduciendo tu coche que se chupa la gasolina, sigue yendo a Wal-Mart y compra todo lo que quieras. La razón de esto es un lugar mágico llamado Alaska. Simplemente vengan y llévense todo lo que quieran. Estadunidenses, dijo durante la Convención Nacional Republicana, “necesitamos producir más de nuestro propio petróleo y gasolina. Se los dice una chica que conoce el North Slope of Alaska: tenemos un montón de ambos”.

Y la gente en la convención respondió, coree y coree: Taladra, nena, taladra. Al mirar esa escena en televisión, con esa extraña y espeluznante mezcla de sexo, petróleo y patrioterismo, recuerdo haber pensado: Guau, la convención se transformó en un mitin en favor de chingarse al planeta Tierra. Literalmente.

Pero lo que Palin decía implicaba algo que forma parte del mismísimo ADN del capitalismo: la idea de que el mundo no tiene límites. Lo que decía implicaba que no hay tal cosa como consecuencias o déficits en el mundo real. Porque siempre habrá otra frontera, otra Alaska, otra burbuja. Simplemente sigue adelante y descúbrelo. El mañana nunca llega.

Ésta es la mentira más reconfortante y peligrosa: la mentira de que el crecimiento perpetuo y sinfín es posible en nuestro planeta finito. Y tenemos que recordar que este mensaje fue increíblemente popular en esas primeras dos semanas, antes de que Lehman colapsara. A pesar del historial de Bush, Palin y McCain tomaban la delantera. Y si no hubiera sido por la crisis financiera y por el hecho de que Obama comenzó a hacer conexión con los votantes de la clase trabajadora al poner en el banquillo de los acusados la desregulación y la economía de goteo (de arriba hacia abajo), quizá habrían ganado.

El presidente nos dice que quiere mirar hacia delante, no hacia atrás. Pero para poder confrontar la mentira del crecimiento perpetuo y la abundancia sin límite que está en el centro de las crisis del medio ambiente y financiera, tenemos que mirar hacia atrás. Y tenemos que mirar muy atrás, no sólo a los pasados ocho años de Bush y Cheney, sino a la fundación misma de este país, a la idea del estado de colonos.

El capitalismo moderno nació con el llamado descubrimiento de las Américas. El pillaje de los increíbles recursos naturales de las Américas generó el exceso de capital que hizo posible la revolución industrial. Los primeros exploradores hablaron de esta tierra como la Nueva Jerusalén, una tierra con una abundancia sin fondo, ahí para ser tomada, tan vasta que el pillaje nunca tendría que terminar. Esta mitología está en nuestras historias bíblicas –de inundaciones y comienzos nuevos, de éxtasis y rescates– y está en el centro del sueño americano de la constante reinvención. Este mito nos dice que no tenemos por qué vivir con nuestros pasados, con las consecuencias de nuestras acciones. Siempre podemos escapar, comenzar de nuevo.

Claro, estas historias siempre fueron peligrosas para la gente que ya vivía en las tierras descubiertas, para la gente que la trabajaba como mano de obra forzada. Pero ahora el planeta nos dice que ya no podemos darnos el lujo de estas historias de eternos nuevos comienzos. Por eso es tan significativo que justo en el momento en el cual cobró vida cierto instinto de supervivencia humana y finalmente parecía que aceptábamos que la Tierra tiene límites naturales, llegó Palin, la nueva y reluciente encarnación de la mujer colonialista del territorio salvaje: vengan a Alaska. Siempre hay más. No piensen, nomás tomen.

Esto no se trata sobre Sarah Palin. Es sobre el significado de este mito del constante descubrimiento, y lo que nos dice sobre el sistema económico en el que gastan billones de dólares para salvar. Lo que nos dice es que el capitalismo, si se le deja, nos empujará más lejos del punto del cual el clima se pueda recuperar. Y, a toda costa, el capitalismo evitará una seria rendición de cuentas, ya sea de sus deudas financieras o sus deudas relacionadas con el medio ambiente. Porque siempre hay más. Un nuevo y rápido arreglo. Una nueva frontera.

Ese mensaje se lo compraban, como siempre ocurre. Fue sólo cuando la bolsa de valores se derrumbó que la gente dijo: Quizá Sarah Palin no sea una buena idea esta vez. Vayámonos con el tipo inteligente para surcar la crisis.

Casi siento que nos dieron una última oportunidad, una especie de aplazamiento. Trato de no ser apocalíptica, pero los textos científicos sobre el calentamiento global que leo, asustan. Esta crisis económica, tan terrible como es, nos jaló del precipicio ecológico del cual estábamos a punto de salir volando con Sarah Palin y nos dio un poquito de tiempo y espacio para cambiar el curso que llevábamos. Y creo que es significativo que cuando pegó la crisis hubo casi una sensación de alivio, como si la gente supiera que estaba viviendo más allá de sus posibilidades económicas y los hubieran cachado. De pronto teníamos permiso para hacer cosas juntos más allá de ir de compras, y eso resonó profundamente.

Pero no estamos libres del mito. La intencionada ceguera que Sarah Palin representa tan bien, está incrustada en la manera en que Washington responde a la crisis financiera. Hay una total negación a ver qué tan mal está la cosa. Washington prefiere aventar billones de dólares en un hoyo negro en vez de averiguar qué tan profundo está. Así de intencionado es el deseo de no saber.

Y vemos muchas otras señales de que la vieja lógica vuelve. Los salarios de Wall Street regresaron casi a los niveles de 2007. Hay cierta electricidad en las afirmaciones de que la bolsa de valores repunta. ¿Podemos dejar de sentirnos culpables?, prácticamente puedes escuchar que preguntan los comentaristas en televisión por cable. ¿Ya regresó la burbuja?

Y quizá tengan razón. Esta crisis no va a matar al capitalismo o siquiera cambiarlo sustancialmente. Sin una enorme presión popular en favor de la reforma estructural, se comprobará que la crisis sólo fue un muy doloroso ajuste. El resultado será una desigualdad aún mayor que la anterior a la crisis. Porque está muy, muy difícil que todas las millones de personas que perdieron su empleo y su hogar los vayan a recuperar. Y la capacidad manufacturera es muy difícil de reconstruir una vez que ha sido subastada.

Es apropiado llamar a esto un rescate. Los mercados financieros son rescatados para evitar que el barco del capitalismo financiero se hunda, pero no están sacando agua. Sino gente. Son personas las que avientan por la borda en nombre de la estabilización. El resultado será un navío más angosto y más mezquino. Mucho más mezquino. Porque una profunda desigualdad –los super ricos viviendo al lado de los económicamente desesperados– requiere de un endurecimiento de los corazones. Necesitamos creer que somos superiores a aquellos que son excluidos para tolerar la situación. Así que este es el sistema que están salvando: el mismo, sólo que más mezquino.

Y la pregunta que enfrentamos es: ¿nuestro trabajo debería ser rescatar este barco, el mayor barco pirata que jamás existió, o hundirlo y remplazarlo con una barca más sólida, una con espacio para todos? Una que no necesite de estas purgas rituales, durante las cuales aventamos por la borda a nuestros amigos y vecinos para salvar a las personas que viajan en primera clase. Una que comprenda que la Tierra no tiene la capacidad como para que todos vivamos mejor y mejor. Pero sí tiene la capacidad, como recientemente dijo el presidente boliviano Evo Morales, en Naciones Unidas, para que todos vivamos bien.

Porque, no se equivoquen: el capitalismo estará de regreso. Y el mismo mensaje regresará, aunque quizá haya alguien nuevo vendiéndolo: no necesitas cambiar. Sigue consumiendo todo lo que quieras. Hay bastante más. Taladra, nena, taladra. Quizá haya alguna solución tecnológica que haga que desaparezcan todos nuestros problemas.

Y por eso, ahora debemos ser absolutamente claros. El capitalismo puede sobrevivir esta crisis. Pero el mundo no puede sobrevivir otra vuelta del capitalismo.

Copyright 2009 Naomi Klein.

Artículo publicado el 23 de agosto de 2009 en La Jornada. El texto es una adaptación de un discurso pronunciado el 2 de mayo de 2009, en la conferencia del centenario de la revista The Progressive y publicado en la edición de agosto de 2009.

Traducción: Tania Molina Ramírez.

7 de agosto de 2009

Desigualdad


Un controvertido anuncio que reclama comidas más sanas en los comedores escolares y que presenta a las hijas del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, como ejemplo de quienes sí comen bien podría irritar a la Casa Blanca, según expertos.
"Si las hijas de Obama comen sano en el colegio, ¿por qué yo no?" se pregunta una niña negra en los carteles publicitarios colocados desde esta semana en el metro de Washington.

De momento, la Casa Blanca no ha hecho comentario alguno al respecto.
El anuncio no pasó desapercibido para el diario Político, que ha profundizado en quién está detrás de los mismos.

La niña que pone cara al anuncio se llama Jasmine Messiah, tiene 8 años, vive en Florida y va a un colegio público.

La campaña publicitaria está pagada por el grupo sin fines de lucro Comité de Médicos por una Medicina Responsable, que patrocina un proyecto de ley en el Congreso para que haya más frutas, verduras y opciones vegetarianas o con bajo contenido de grasas en los almuerzos que ofrecen las escuelas públicas.

Y la niña del cartel, según Político, escribió a las hijas de Obama, Malia y Sasha, pidiéndoles que escriban al Congreso para que aprueben la ley que obligará a dar de comer mejor a los niños en todas las escuelas.

Jasmine, que también le escribió a los congresistas, según Politico les pide así a las hijas de Obama que la ayuden: "Muchas escuelas, incluyendo la mía, no ofrecen suficientes frutas, vegetales y platos vegetarianos" .

"Me alegro de que vuestra escuela, Sidwell Friends, tenga ya muchas opciones sanas en su cafetería, incluyendo chile vegetariano y pizza de vegetales asados. Si trabajamos juntos, podemos conseguir que todos los estudiantes coman sano" .

Las niñas de Obama asisten a un colegio privado y exclusivo de Washington, el mismo al que fue Chelsea, la hija de Bill y Hillary Clinton.

El presidente del comité de médicos que auspicia la campaña, Neal Barnard, ha subrayado que "en la mayoría de las escuelas los niños y las niñas no tienen alternativa a la dieta con carnes, quesos y altas calorías, que contribuye a la obesidad infantil y los problemas de salud" .

Y añade que "el Congreso debe intervenir para que todas las escuelas, no importa cuán pobres sean, provean verduras, frutas, y opciones saludables sin lácteos, y el Congreso debe dar los fondos para que esto sea factible" .

De acuerdo con los Centros para Control y Prevención de Enfermedades, una de cada tres personas nacidas en 2000 desarrollará diabetes en algún punto de su vida.

Otros estudios han encontrado una tasa creciente de exceso de peso y obesidad entre los niños, y un incremento sustancial del problema entre los hijos de inmigrantes.

La causa, sin duda, es buena, pero el director de Estudios de Gobierno en el Instituto Brookings, Darrell West, ha destacado a Político el peligro que tiene utilizar a las niñas de Obama en un asunto así.

"Eso es especialmente relevante, en este caso, porque las hijas (de Obama) son muy jóvenes" y porque la Casa Blanca, desde el primer momento, ha tratado de crear un escudo protector para ellas.

En opinión de West, desde luego ésta "no es la mejor forma de ganarse el corazón del presidente" .

La misma opinión tiene Steven Roberts, profesor de Comunicación de la Universidad George Washington, quien subraya que el "mejor camino para conseguir algo no es enfadar a un presidente tan popular" .

En opinión de Roberts, el asunto está tan claro que, si él fuera el grupo "despediría al organizador de la campaña".
Nota publicada el 7 de agosto en El Universal.

26 de julio de 2009

Entrevista a Rafael Correa

Entrevista realizada por el periodista argentino Jorge Lanata al presidente ecuatoriano Rafael Correa. Éste da una clara lección de su visión de estadista, hablando sobre el papel de los medios de comunicación, la deuda externa, el neoliberalismo, los recursos naturales y el socialismo del siglo XXI.

No hay nada más tonto que un obrero de derechas

Abril, en Quito. Un taxista me lleva desde el hotel hasta la casa de gobierno (el Palacio Carondelet, en el hermoso distrito histórico) y me da su impresión sobre el presidente Rafael Correa, que el día previo ha sido reelecto por mayoría absoluta de votos. "No me gusta. No le da seguridad jurídica a las empresas". El mismo argumento escuché en otro trabajador ecuatoriano. Pero podría ser peruano, colombiano, chileno, uruguayo o argentino. Tanto ha penetrado el discurso promercado y neoliberal que ahora un trabajador se preocupa de la "seguridad jurídica" de las empresas. Si eso pasa, estamos en problemas, pienso mientras avanza el taxi. Estamos peor de lo que creía. El 10 de agosto Correa asume su nuevo mandato. Habrá que corregir, también ahí.

No está mal que un inversor reclame reglas claras. Si va a destinar su dinero a un mercado, obviamente exigirá estabilidad en el marco que lo va a regular. Claro, si no lo regulan, como pasó en años recientes, mejor, porque se trata de optimizar ganancias a como dé lugar, que eso es el fin de un capitalista, no como dicen en las engañosas propagandas según las cuales su prioridad es el cliente, el país, la creación de empleo, etc. Puñeterías. El objetivo es ganar dinero, cuanto más mejor. Y eso tampoco está mal pues son empresas, no entidades filantrópicas, sólo que no les gusta que se note. Perry Anderson hablaba del carácter vergonzante de decirse capitalista, algo que cambió en la década del 90, tras la caída del comunismo soviético. Antes se decían el mundo libre, occidente, y Anderson registra que cuando el enemigo ya no estuvo, dejó de ser vergonzante llamarse capitalista. Al contrario, ahora anacrónico suena decirse comunista.

Pero ahí están las compañías, su enorme poder mediático, para reivindicar su derecho a pedir reglas claras. Y bien que lo hacen. ¡Si hasta lo acaba de reclamar, como enojado, el presidente de Repsol a los gobiernos de América Latina, donde la petrolera ganó más dinero que en ningún otro lado (y de paso se hizo petrolera en serio)! Ahora, que la "seguridad jurídica" de las empresas la pida un trabajador y se olvide en todo caso de exigir seguridad para su trabajo, su salud, la estabilidad de sus ingresos, la educación de sus hijos, la seguridad de su techo, de su alimento diario, de sus aportes jubilatorios, habla de cuánto terreno ganó el discurso del "mercado". Los accionistas pueden dormir tranquilos, la masa laboral le cuida sus intereses.

Fragmento de Ecuador: los desafíos de Correa en su segundo mandato, escrito por Néstor Restivo (periodista del diario Clarín de Buenos Aires e historiador. Ha publicado los libros Chile: la crisis de 1973 y los ciclos económicos y El Rodrigazo, treinta años después.), publicado el 19 de julio de 2009 en www.sinpermiso.info

México: de aquellos polvos, estos lodos

Jeff Faux*

El pasado invierno, tanto el director saliente de la CIA como un informe independiente realizado por el Pentágono afirmaron que la inestabilidad política en México resultaba comparable a la de Pakistán e Irán como amenaza de primer orden a la seguridad nacional de los EEUU. Exageraban; México no es todavía un “Estado fallido”. Sin embargo, no hay duda de que marcha en esa dirección.

Una guerra criminal entre cárteles de narcotraficantes costó el año pasado la vida a, por lo menos, 6.000 personas, incluidos funcionarios públicos, policías y periodistas. El país encabeza la lista mundial de secuestros (Pakistán va en segundo lugar). Y con la crisis global, su economía crónicamente anémica sufre una hemorragia de puestos de trabajo, empresas y esperanzas.

No es sorprendente que los votantes dieran la espalda al partido derechista del presidente Felipe Calderón, el PAN [Partido de Acción Nacional] en las elecciones parlamentarias del pasado 5 de julio. Pero el partido de centroizquierda, el PRD –al que muchos creen le fue robada la presidencia en las elecciones presidenciales de 2006— se ha autodestruido como consecuencia de una lucha de facciones. Así pues, frustrados, los mexicanos devolvieron el parlamento al Partido Revolucionario Institucional (PRI), al que décadas de dominación corrupta y autoritaria parecían haber enterrado definitivamente en 2000. Al menos, piensan muchos electores, el PRI sabe cómo mantener el orden.

Los mexicanos son responsables de lo que ocurre en su propio país, huelga decirlo. Pero la geografía les ha obligado constantemente a hacer su propia historia a la sombra de su vecino septentrional. “¡Pobre México!”, reza un viejo dicho, “¡tan lejos de Dios y tan cerca de los EEUU!”. Hoy, México es un ejemplo paradigmático de los efectos destructivos de la teoría económica neoliberal promocionada en el mundo entero por la clase rectora en los EEUU.

El Tratado de Libre Comercio de la América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés), propuesto por Ronald Reagan, negociado por George Bush y pasado por el Congreso por Bill Clinton en 1993, es, a la vez, símbolo y substancia del neoliberalismo. Se vendió a la ciudadanos de los EEUU, México y Canadá con la promesa de que el libre comercio de bienes y dinero transformaría México en una economía de florecientes clases medias, reduciendo espectacularmente la inmigración ilegal y creando un vasto mercado para las exportaciones de los EEUU y, en menor medida, Canadá.

Quince años después, México sigue siendo incapaz de crear el volumen suficiente de puestos de trabajo para dar empleo a su población. La emigración se ha multiplicado por dos, y a ambos lados de la frontera mexicano-estadounidense lo que ha conseguido la acrecida competencia en el mercado de trabajo es mantener bajos los salarios. En la cúspide, los ingresos y la riqueza se han disparado. No es por casualidad que entre los padrinos del NAFTA se hallaran el antiguo secretario del Tesoro Robert Rubin (demócrata) y el antiguo presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan (republicano), las huellas digitales de los cuales se hallan por doquiera en el desastre financiero global del presente.

Yo me opuse al NAFTA desde el comienzo. Sin embargo, consideraba que lo mejor que podía esperarse de él eran las eficiencias generadas por la integración económica, que podrían al menos hacer más competitivas internacionalmente a las empresas estadounidenses y mexicanas. Pero incluso ese argumento terminó siendo tan válido como una participación en un fondo de inversiones de Bernie Madoff.

Hace varios años, pronuncié una conferencia ante un grupo hombres de negocios en Ciudad de México. Los procedentes de los bancos y de las corporaciones transnacionales pensaban que el NAFTA había sido un gran éxito, pero los pequeños y medianos empresarios mexicanos veían las cosas de muy otra manera. Ustedes los estadounidenses, dijo uno de ellos, prometieron que con su tecnología y nuestro trabajo barato podríamos asociarnos para competir con Asia. Pero, en cambio, lo que ustedes hicieron fue abrir sus mercados a China e invertir allí. “Desde luego”, dijo. “Podemos fabricar componentes de TV por la mitad de lo que cuesta hacerlo en los EEUU. Pero los chinos pueden fabricarlos y fletarlos por la décima parte. Así que, en vez de cerrar el hiato entre México y los EEUU elevando los salarios, lo que hemos hecho es reducir el hiato entre México y China, bajándolos.”

Cuando le mencioné este diálogo a un banquero neoyorquino de inversión que había cabildeado en su día a favor del NAFTA admitió haber hablado vagamente sobre una asociación con México. Para añadir, frunciendo el ceño: “Las cosas cambian”, es decir, que las oportunidades de beneficio en China dejaban muy pequeña cualquier cosa que México pudiera ofrecer.

Las gentes de Wall Street no tenían mucho interés en que México fuera más competitivo. Tampoco tenían gran interés en que los EEUU fueran más competitivos. Su propósito era precisamente el contrario: desconectarse a sí mismos y a sus socios granempresariales del destino de cualquier país particular. La Organización Mundial de Comercio, la apertura del mercado estadounidense a China y un rimero de acuerdos bilaterales de comercio siguieron la estela del NAFTA.

En México, la elite económica y financiera colaboró encantada. Por ejemplo, el NAFTA abrió a los bancos mexicanos a la inversión extranjera: los cabildeadores políticos que habían conseguido comprar al Estado el gigante Banamex por 3,2 mil millones de dólares y obtener subsidios públicos permanentes vendieron luego el banco, con subsidios incluidos, a Citigroup por 12,5 mil millones de dólares. Hoy, cerca del 90% del sistema bancario mexicano está en manos de inversores estadounidenses y extranjeros, quienes no están obligados a reciclar los depósitos mexicanos, o el dinero del gobierno mexicano, y devolverlos a México, sino que pueden invertirlo en cualquier parte del mundo.

La adquisición de Banamex fue negociada por Rubin tras ser nombrado presidente del comité ejecutivo de Citigroup con un sueldo de 17 millones de dólares anuales. A finales de los 80, cuando estaba en Goldman Sachs, Rubin copatrocinó la privatización del sistema telefónico mexicano a favor de Carlos Slim, un empresario mexicano muy bien relacionado políticamente. Lo que hizo Slim entonces fue usar los beneficios monopólicos obtenidos de sus elevadas cuotas telefónicas para invertirlo por todo el planeta, lo que incluye una substanciosa participación en el New York Times. En la última lista de Forbes, Slim aparece como el tercer hombre más rico del mundo.

Ello es que, mientras la economía estadounidense andaba hinchando burbujas punto.com y subprime, el modelo neoliberal parecía estable. Los inversores norteamericanos disponían de depósitos bancarios mexicanos y de trabajo barato mexicano en ambos lados de la frontera. Merced a la emigración hacia los EEUU, los oligarcas mexicanos se libraron de trabajadores frustrados que podrían haber resultado políticamente molestos. La economía también se ha beneficiado de las remesas de dinero en divisa fuerte que los emigrantes envían a sus familias.

Otra inyección de dinero en efectivo a la economía mexicana, no registrada en las estadísticas oficiales, son los cerca de 25 mil millones de dólares procedentes de la exportación ilegal de droga a los EEUU. Ahora mismo, con unas remesas deprimidas, unos precios del petróleo deprimidos y un turismo deprimido, el narco-comercio es probablemente el mayor suministro de divisa fuerte que tiene México.

El NAFTA y la ideología neoliberal que representa no son, huelga decirlo, las causas últimas del narcotráfico. Pero han sido factores causales de la mayor importancia en su monstruoso crecimiento reciente. Para quienes no conozcan de cerca la situación: el tratado de comercio creó una superautopista de dos direcciones para el contrabando; los señores mexicanos de la droga usan los dólares conseguidos en sus exportaciones para importar fusiles, helicópteros y sofisticado equipo militar de los EEUU para librar sus guerras territoriales. Al estrangular las pequeñas granjas mexicanas, incapaces de competir con el muy subsidiado agronegocio estadounidense, el NAFTA contribuyó también a expandir el volumen de jóvenes desempleados, que son la base de reclutamiento de los narcotraficantes. Y la integración bancaria bajo el NAFTA hizo mucho más fácil el lavado de dinero.

Más importante aún, tal vez: el NAFTA contribuyó a mantener la red de corrupción de los oligarcas mexicanos. Las elecciones presidenciales de 1988 –robadas por el entonces gobernante PRI al PRD— supusieron un shock para los poderes establecidos de ambos lados de la frontera. Al abrir México al dinero y a la influencia estadounidenses, el NAFTA se convirtió en una vía, según me dijo en cierta ocasión el representante norteamericano de Comercio, “para mantener a la izquierda alejada del poder”.

Hasta los 80, el contrabando mexicano de droga –sobre todo, marihuana— hacia el norte era modesto en escala, y generalmente tolerado por los sucesivos gobiernos del PRI. Su mensaje era el siguiente: no nos preocupamos de lo que vendéis a los gringos, pero nada de vender droga aquí a nuestros hijos, y por supuesto, compartid bajo mesa una parte de vuestros beneficios con nosotros. Pero los neoliberales respaldados por los EEUU que se hicieron con el control del PRI en los 80 tenían vínculos más estrechos con los cárteles mexicanos. El hermano y el padre del presidente y campeón del NAFTA, Carlos Salinas –celebrado en Washington como un buen gobernante reformador— fueron repetidamente acusados de conexiones con el negocio de la droga. En el primer año de Salinas en el cargo, su jefe nacional de policía fue descubierto con 2,4 millones de dólares de dinero procedente de la droga en el maletín de su auto.

En los 90, a medida que los cárteles de la droga mexicanos, mejor ubicados geográficamente, desplazaban los colombianos del mercado estadounidense de cocaína, sus beneficios y su influencia política creció. Pero también creció la rivalidad entre ellos y las facciones gubernamentales aliadas a ellos por el control de las rutas comerciales. Empezaron a verse por las calles cuerpos cosidos a balazos, desencadenando el nerviosismo público.

Buscando legitimidad tras las elecciones de 2006, ensombrecidas por la sospecha de fraude, el presidente Felipe Calderón declaró la guerra a los narcotraficantes. Fue un gesto popular, pero dado que la policía, el ejército y el aparato judicial están muy infiltrados por las bandas, le salió el tiro por la culata. Los narcos reaccionaron con una violencia terrorífica: asesinatos, decapitaciones y mutilaciones de policías, soldados y matones, actos, todos ellos, desvergonzadamente exhibidos en YouTube. Sabedor de que perdía el control de la situación, Calderón pidió ayuda a George Bush II. Resultado: la Iniciativa de Mérida, un programa de 400 millones de dólares anuales para suministrar helicópteros, equipo militar y entrenamiento a la policía y al ejército mexicanos.

Tras décadas de mantener distancias con los EEUU, los militares mexicanos –como las fuerzas armadas de Colombia, Honduras y otros países latinoamericanos— se están convirtiendo en clientes del Pentágono. A su vez, la sociedad mexicana se está militarizando. La corrupta policía local está siendo desplazada por los soldados, que acaso sean algo menos corruptos, pero que representan una mayor amenaza para los derechos humanos y la democracia. Un informe del pasado abril de Human Rights Watch identificó 17 casos específicos de abusos del ejército mexicano, incluidos “asesinatos, torturas, violaciones y detenciones arbitrarias”.

A favor de Barack Obama hay que decir que al menos ha sido capaz de reconocer lo que sus antecesores en el cargo negaban, a saber: que la demanda estadounidense de drogas y su suministro de armas hace de los EEUU un facilitador del proceso de crecimiento de los narco-señores de la guerra. Pero también ha dejado claro que ninguna de estas cosas está en la agenda política de su administración. Además, así como Bill Clinton llevó a buen puerto el acuerdo NAFTA de George Bush I, Barack Obama ha hecho suya la Iniciativa de Mérida de Bush II.

Dada la nula disposición de los políticos estadounidenses a enfrentarse con el problema de la demanda de droga, no es probable que la Iniciativa de Mérida vaya a tener más éxito en punto a la erradicación del comercio de droga del que lo ha tenido el Plan Colombia (dotado con 6 mil millones de dólares). Lo mejor que cabe esperar es algún tipo de reparto del mercado entre los cárteles que termine siendo tácitamente aceptado por el gobierno mexicano, mientras Washington mira pudorosamente para otro lado. Dado que en muchas áreas el dinero de la droga es la principal fuente de financiación de las campañas electorales, un parlamento mexicano dominado por el PRI podría terminar convirtiéndose en el foro adecuado para la negociación de un final, no por cínico menos bienvenido, de los asesinatos.

Entretanto, la violencia del mundo de la droga ha logrado disuadir a turistas e inversores, empeorando todavía más la recesión mexicana. El grueso de las previsiones esperan que la economía se contraiga alrededor de un 6% este año: un golpe tremendo para un país en el que el 45% viven con 2 dólares al día, o menos. Respuesta de Calderón: rescatar las grandes empresas que especularon con derivados financieros de Wall Street y un incremento del gasto público con cuentagotas, esperando, una vez más, que los EEUU absorban el excedente mexicano de trabajo.

Pero, aun si la economía de los EEUU se recupera, es improbable que vuelva a generarse un boom crediticio como el que mantuvo a flote al NAFTA. En la era post-crac, los EEUU se verán finalmente forzados a enfrentarse a sus déficits comerciales y a su imponente deuda exterior. Los estadounidenses tendrán que reducir su gasto de consumo, incrementar el ahorro y vender más –y comprar menos— al resto del mundo. Si México no pudo prosperar durante 15 años exportando bienes y trabajadores a un pletórico mercado de consumo estadounidense, resulta difícil de creer que podrá hacerlo cuando ese mercado se ha deshinchado.

Hay que repensar por entero la relación. A este respecto, el olvido en que ha caído la exigencia de Obama, durante su campaña electoral, de renegociar el NAFTA, ha de considerarse una oportunidad perdida. Un nuevo debate sobre el tratado de comercio podría haber favorecido la discusión pública sobre el fracaso de la teoría económica neoliberal, sobre la “guerra a las drogas” y sobre una política inmigratoria que ignora las causas que llevan a los trabajadores mexicanos a cruzar la frontera. Podría haberse convertido en un fórum para reflexionar cabalmente sobre cómo puede ponerse la integración continental al servicio de la población trabajadora, y no meramente al servicio de los inversores. Por ejemplo: ¿qué tipo de políticas cooperativas de transporte, energía e industrialización verde podrían hacer que las gentes de las tres naciones –ahora ligadas por un mercado único— llegaran a ser más competitivas globalmente?

Los asesores de Obama, gentes de Wall Street, no tienen mayor interés que Bush en este tipo de cambio. Y sin una nueva dirección económica, la vida para el mexicano medio empeorará sin lugar a dudas, y crecerán las tensiones sociales. Algunos amigos mexicanos observan que la Revolución contra España estalló en 1810, y que la Revolución contra el dictador Porfirio Díaz, respaldado por los EEUU, estalló en 1910. ¿Y en 2010?

Sea como fuere, los problemas y los conflictos mexicanos no se quedarán convenientemente encapsulados al otro lado de Río Grande. Constrúyase un muro de diez pies de alto, que la gente desesperada encontrará escaleras de doce pies. El libre comercio, huelga decirlo, seguirá floreciendo; la secretaria de Estado de Seguridad, Janet Napolitano, estima que los cárteles mexicanos de la droga están ahora mismo operando en 230 ciudades norteamericanas.

Así, gracias a la gente que nos trajo el desastre de las hipotecas subprime, de la congelación del crédito y de la Gran Recesión, la próxima Revolución mexicana podría estar más cerca de lo que ustedes piensan.

* Jeff Faux fue el fundador y es ahora miembro destacado del Economic Policy Institute. Su último libro es: The Global Class War [La guerra de clases global] (Nueva York, Wiley, 2007).
Publicado el 19 de julio de 2009 en www.sinpermiso.info, traducción de Ricardo Timón.

Keynes, ¿un hombre actual?

Walden Bello*

Una de las consecuencias más significativas del colapso de la economía neoliberal, con su culto al mercado autorregulador, ha sido el resurgimiento del gran economista inglés John Maynard Keynes.

No son solamente sus escritos lo que hace a Keynes muy actual. Es, además, el espíritu que los impregna, que evoca la pérdida de fe en lo viejo y el anhelo de algo que todavía está por nacer. Aparte de su clarividencia, sus reflexiones sobre la condición de Europa después de la Primera Guerra Mundial resuenan con nuestra mezcla habitual de desilusión y esperanza:

Inmersos en nuestra actual confusión de objetivos ¿queda algo de lucidez pública para preservar la equilibrada y compleja organización gracias a la que vivimos? El comunismo está desacreditado por los acontecimientos; el socialismo, en su anticuada interpretación, ya no interesa al mundo; el capitalismo ha perdido su confianza en sí mismo. A menos que los seres humanos se unan para un objetivo común o se muevan por principios objetivos, cada mano irá por su lado, y la búsqueda no regulada de los intereses individuales puede rápidamente destruir el conjunto.

El gobierno del mercado

El gobierno debe intervenir para remediar los fallos del mercado. Ésta es naturalmente la gran lección de Keynes, derivada de su forcejeo con el problema de cómo sacar al mundo de la Gran Depresión de 1930. Keynes argumentaba que el mercado por sí solo lograría el equilibrio entre oferta y demanda muy por debajo del pleno empleo y podría permanecer allí indefinidamente. Para impulsar la economía hacia un proceso dinámico que lleve al pleno empleo, el gobierno tiene que actuar como un deus ex machina, invirtiendo masivamente para crear la demanda efectiva que reanude y sostenga la maquinaria de la acumulación de capital.

Como medidas preferentes para evitar una depresión, el paquete de estímulos de 787 mil millones de dólares del presidente Barack Obama, así como los estímulos públicos ofrecidos en Europa y China son clásicamente keynesianos. La medida del triunfo de Keynes, después de casi 30 años en la oscuridad, se puede ver en el impacto punto menos que marginal del discurso público de gentes como el republicano Russ Limbaugh, el Instituto Cato y otras especies de dinosaurios neoliberales, con sus jeremiadas sobre la gran deuda que se pasa a las generaciones futuras.

Sin embargo, el resurgimiento de Keynes no es solamente una cuestión política. El presupuesto teórico del individuo que maximiza racionalmente sus intereses ha sido desplazado del centro del análisis económico por dos ideas. Una de ellas, que centra el pensamiento actual, es la penetración de la incertidumbre en la toma de decisiones, una incertidumbre con la que tratan de lidiar los inversionistas asumiendo –de forma harto implausible– que el futuro será como el presente e ideando técnicas para predecir y gestionar el futuro basándose en ese supuesto. La idea keynesiana al respecto es que la economía no se rige por cálculos racionales, sino que los agentes económicos están regidos por espíritus animales, es decir, movidos por su necesidad espontánea de actuar.

Entre esos espíritus animales, la confianza es crucial, y la presencia o ausencia de la misma está en el centro de la acción colectiva que dirige las expansiones y contracciones económicas. Lo que predomina no es el cálculo racional, sino los factores de conducta y psicológicos. Desde este punto de vista, la economía es como un maniaco depresivo llevado de un extremo a otro por los desequilibrios químicos, con la intervención y la regulación gubernamental jugando un papel semejante al de los estabilizadores farmacológicos del humor. La inversión no es un asunto de cálculo racional, sino un proceso maniaco que Keynes describe como “un juego de sillas musical, como un juego de descarte de naipes en el que se trata de librarse de la sota –la deuda tóxica– y pasarla a tu vecino antes de que la música se pare”. “Aquí, señala el biógrafo de Keynes, Robert Skidelsky, reside la anatomía reconocible de la ‘exuberancia irracional’ seguida de pánico que ha presidido la crisis actual”.

Los inversores desbocados y los sumisos reguladores no son los únicos protagonistas de la tragedia reciente. La hybris de los economistas neoliberales también jugó su parte. Y Keynes tuvo al respecto intuiciones muy relevantes para nuestro tiempo. Consideró a la teoría económica como una de estas bonitas y cómodas técnicas que intentan tratar el presente haciendo abstracción del hecho de que conocemos muy poco del futuro. Como señala Skidelsky, fue verdaderamente famoso por su escepticismo respecto de la econometría, y para él, los números eran simples indicaciones, estimulantes para la imaginación, antes que expresiones de certidumbre o de probabilidades de acontecimientos pasados y futuros.

Con su modelo de homo economicus racional hecho añicos y una econometría que ha perdido crédito a ojos vista, los economistas contemporáneos harían bien en prestar atención al consejo de Keynes, de acuerdo con el cual sería espléndido que los economistas fueran capaces de considerarse a sí mismos como gente humilde y competente, al mismo nivel que los dentistas. Sin embargo, aun si muchos dan la bienvenida a la resurrección de Keynes, otros dudan de su relevancia respecto del periodo actual. Y estas dudas no se limitan a los reaccionarios.

Limitaciones del keynesianismo

Entre otras cosas, el keynesianismo es principalmente un instrumento para reavivar las economías nacionales, y la globalización ha complicado enormemente este problema. En las décadas de 1930 y 1940 reavivar la capacidad industrial en economías capitalistas relativamente integradas era cosa que tenía que ver sobre todo con el mercado interior. Actualmente, con tantas industrias y servicios transferidos o deslocalizados hacia zonas de bajos salarios, los programas de estímulo de tipo keynesiano que ponen dinero en manos de los consumidores para que los gasten en bienes tienen un impacto mucho menor como mecanismos de recuperación sostenible. Puede que las corporaciones trasnacionales y las ubicadas en China obtengan beneficios, pero el efecto multiplicador en economías desindustrializadas como Estados Unidos y Gran Bretaña puede ser muy limitado.

En segundo lugar, el mayor lastre de la economía mundial es el hiato abismal –en términos de distribución de renta, penetración de la pobreza y nivel de desarrollo económico– entre Norte y Sur. Un programa keynesiano globalizado de estímulo del gasto, financiado con ayuda y préstamos del Norte es una respuesta muy limitada a este problema. El gasto keynesiano puede evitar el colapso económico e incluso inducir algún crecimiento. Pero el crecimiento sostenido exige una reforma estructural radical: el tipo de reforma que implica una desestructuración fundamental de las relaciones económicas entre las economías capitalistas centrales y la periferia global. Ni que decir tiene: el destino de la periferia –las colonias, en tiempos de Keynes– no despertaba demasiado interés en su pensamiento.

Tercero, el modelo de Keynes de capitalismo gestionado simplemente pospone, más bien que ofrece, una solución a una de las contradicciones centrales del capitalismo. La causa subyacente de la crisis económica actual es la sobreproducción, en que la capacidad productiva sobrepasa el crecimiento de la demanda efectiva y presiona a la baja los salarios. El Estado capitalista activo inspirado en Keynes y surgido en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial pareció durante un tiempo superar las crisis de la sobreproducción con su régimen de salarios relativamente altos y su gestión tecnocrática de las relaciones capital-trabajo. Sin embargo, con la adición masiva de nueva capacidad por parte de Japón, Alemania y los nuevos países en vías de industrialización en las décadas de los 60 y los 70, su capacidad para hacerlo empezó a fallar. La estanflación resultante –la coincidencia de estancamiento e inflación– se extendió por el mundo industrializado a finales de la década de los 70.

El consenso keynesiano se desmoronó cuando el capitalismo intentó reanimar su rentabilidad y superar la crisis de sobreacumulación rompiendo el compromiso capital-trabajo con la liberalización, la desregulación, la globalización y la financiarización. Esas políticas neoliberales –así hay que entenderlo– constituyeron una vía de escape a los problemas de sobreproducción que estaban en la base del Estado de bienestar. Como sabemos ahora, no lograron regresar a los años dorados del capitalismo de la posguerra. En cambio, trajeron consigo el colapso económico actual. Sin embargo, es harto improbable que un retorno al keynesianismo pre-1980 vaya a ser la solución de las persistentes crisis de sobreproducción del capitalismo.

La Gran Laguna

Tal vez el mayor obstáculo para un resurgimiento del keynesianismo sea su prescripción clave de revitalizar el capitalismo con la aceleración del consumo y la demanda global en un contexto de crisis climática como el presente. Mientras que el primer Keynes tenía un aspecto maltusiano, sus trabajos posteriores apenas se refieren a lo que actualmente se ha convertido en relación problemática entre el capitalismo y el medio ambiente. El desafío de la economía en el momento actual es aumentar el consumo de los pobres del planeta con un el menor impacto posible sobre medio ambiente, tratando al mismo tiempo de reducir drásticamente el consumo ecológicamente dañino –sobreconsumo– en el Norte. Toda la retórica sobre la necesidad de reemplazar al consumidor estadunidense en bancarrota por un campesino chino inducido a un estilo estadunidense de consumo como motor de la demanda global es tan necia como irresponsable.

Dado que el impulso primordial del beneficio como objetivo es transformar la naturaleza viva en mercancías muertas, hay pocas probabilidades de reconciliar la ecología con la economía –incluso bajo el capitalismo tecnocrático gestionado por el Estado que preconizaba Keynes.

¿Volvemos a ser todos keynesianos?

En otras palabras, el keynesianismo proporciona algunas respuestas a la situación actual, pero no proporciona la clave para superarla. El capitalismo global ha enfermado debido a sus contradicciones inherentes, pero lo que se precisa no es una segunda ronda de keynesianismo. La profunda crisis internacional exige severos controles de la libertad de movimiento de los capitales, regulaciones estrictas de los mercados, tanto financieros como de mercancías, y un gasto público ciclópeo. Sin embargo, las necesidades de la época van más allá de estas medidas keynesianas: se necesita una redistribución masiva de la renta, atacar sin treguas ni compases de espera, directamente, el problema de la pobreza, una transformación radical de las relaciones de clase, la desglobalización y, acaso, la superación del capitalismo mismo, si hay que atender a las amenazas de cataclismo medioambiental.

Todos volvemos a ser keynesianos –parafraseando, ligeramente modificada, la famosa frase de Richard Nixon– es el tema que une a Barack Obama, Paul Krugman, Joseph Stiglitz, George Soros, Gordon Brown y Nicholas Sarkozy, por muchas diferencias que pueda haber entre ellos en la puesta en obra de las prescripciones del maestro. Pero un resurgimiento acrítico de Keynes podría terminar no siendo más que la enésima confirmación de la celebérrima sentencia de Marx, según la cual la historia se repite dos veces: la primera como tragedia; la segunda, como farsa. Para resolver nuestros problemas presentes no precisamos sólo de Keynes. Necesitamos nuestro propio Keynes.

*Walden Bello, profesor de ciencias políticas y sociales en la Universidad de Filipinas (Manila), es miembro del Transnational Institute de Amsterdam y presidente de Freedom from Debt Coalition, así como analista sénior en Focus on the Global South.

Publicado el 26 de julio de 2009 en La Jornada. Traducción para www.sinpermiso.info: Anna Maria Garriga

5 de julio de 2009

El remedio para los despidos: corran al jefe

En 2004 hicimos un documental llamado La Toma (thetake.org), acerca de las empresas manejadas por los trabajadores. Después del dramático colapso económico del país en 2001, miles de trabajadores se metieron a sus fábricas cerradas y las pusieron a producir de nuevo y formaron cooperativas. Abandonados por los jefes y los políticos, ellos mismos recobraron los salarios caídos y las indemnizaciones, a la vez que recuperaron sus puestos de trabajo. Mientras estábamos de gira con la película, por Europa y América del Norte, había una pregunta que surgía una y otra vez: Eso está muy bien para Argentina, pero ¿alguna vez podría pasar aquí?

Bien, con la economía mundial asemejándose tanto a la de Argentina en 2001 (y a causa de muchas de las mismas razones) hay una nueva ola de acción directa, esta vez entre los trabajadores de los países ricos. De nuevo emergen las cooperativas como práctica alternativa ante más despidos. Los trabajadores en Estados Unidos y Europa comienzan a preguntar las mismas cosas que sus contrapartes latinoamericanas: ¿por qué nos tienen que despedir? ¿Por qué no podemos correr al jefe? ¿Por qué se le permite al banco hundir a nuestra compañía mientras obtiene miles de millones de dólares de nuestro dinero?

El 15 de mayo, en Cooper Union (una prestigiosa universidad estadunidense. N de la T), en Nueva York, participamos en un panel llamado Corran al jefe: de Buenos Aires a Chicago, la solución con base a que el trabajador tome el control. Participaron personas del movimiento en Argentina, así como trabajadores de la lucha de la fábrica Republic Windows and Doors, en Chicago.

Fue una gran manera de escuchar en forma directa a aquellos que intentan reconstruir la economía de abajo hacia arriba y que necesitan un significativo apoyo del público, así como de quienes arman las políticas públicas en todos los niveles gubernamentales. Para aquellos que no pudieron llegar, a continuación un rápido resumen de los recientes acontecimientos en el mundo del control obrero:

Argentina:

En Argentina –fuente e inspiración directa de muchas de las actuales acciones laborales– ha habido más tomas en los pasados cuatro meses que en los previos cuatro años. Un ejemplo: en enero, Arrufat, fábrica de chocolate con 70 años de existencia, fue repentinamente abandonada por sus dueños. Treinta empleados ocuparon la planta y a pesar de la enorme deuda en energía eléctrica que dejaron los antiguos propietarios producen chocolates a la luz del día usando generadores. Con un préstamo de menos de 5 mil dólares de The Working World (El Mundo Trabajador, theworkingworld.org), ONG que provee de fondos, iniciada por una simpatizante de La Toma, pudieron producir más de 10 mil huevos de pascua, su fin de semana más importante del año. Tuvieron una ganancia de 75 mil dólares, se llevaron a casa mil dólares cada uno y el resto lo ahorraron para futuras producciones.

Gran Bretaña:

Visteon es una empresa productora de autopartes, que se independizó de Ford en 2000. En una de las plantas, a cientos de trabajadores les dieron el aviso seis minutos antes de que su lugar de trabajo cerrara. En Belfast, 200 trabajadores realizaron un plantón en la azotea de su fábrica y al día siguiente otros 200 en Enfield hicieron lo mismo.

Durante las semanas siguientes Visteon incrementó su paquete de indemnización hasta 10 veces más que su oferta inicial, pero la compañía rehúsa depositar el dinero en las cuentas bancarias de los trabajadores hasta que abandonen las plantas, y los trabajadores se niegan a abandonarlas hasta que vean el dinero.

Irlanda:


A comienzos del año, una fábrica en la que trabajadores hacen el legendario Waterford Crystal (cristalería) fue ocupada durante siete semanas, cuando una empresa estadunidense tomó el control de la compañía matriz Waterford Wedgwood para entrar en un receivership (un tipo de bancarrota empresarial, en el cual se asigna a una empresa para que controle la compañía. N de la T).

Ahora la compañía estadunidense puso 10 millones de euros en un fondo de indemnización y las negociaciones están en curso para mantener algunos de los puestos laborales.

Canadá:

Mientras las tres grandes compañías automotrices se colapsan, Canadian Auto Workers (un poderoso sindicato, N de la T) ha ocupado al menos cuatro plantas de autopartes y las oficinas de cuatro legisladores provinciales.

En cada caso, las fábricas estaban cerrando y los trabajadores no recibían la compensación que se les debía. Ocuparon las plantas para que no se llevaran las máquinas y así obligar a las compañías a regresar a la mesa de negociaciones; justo la misma dinámica de las tomas de los obreros en Argentina.

Francia:

En Francia, este año hay una nueva ola de secuestros de jefes, en los cuales los enfurecidos empleados detienen a sus jefes en las plantas que enfrentan juicio hipotecario. Hasta ahora las compañías que han sido blanco de esto incluyen a Caterpillar, 3M, Sony y Hewlett Packard.

Al ejecutivo de 3M lo llevaron a comer moules et frites (mejillones y papas fritas) durante su calvario de una noche. En Francia, esta primavera se proyectó una exitosa comedia llamada Louise-Michel, película en la cual un grupo de trabajadoras contrata a un sicario para matar a su jefe luego de que cierra la fábrica sin aviso previo.

En marzo, un representante sindical francés dijo: aquellos que siembran miseria cosechan furia. La violencia la realizan aquellos que reducen los puestos laborales, no aquellos que intentan defenderlos.

Y el mes pasado mil obreros siderúrgicos franceses y belgas irrumpieron en la asamblea anual de los accionistas de ArcelorMittal, la mayor compañía de acero del mundo. Irrumpieron en la sede central de la compañía en Luxemburgo, destrozaron las puertas, rompieron las ventanas y pelearon contra la policía.

Polonia:


También el mes pasado, en el sur de Polonia, en el mayor productor de coque en Europa, miles de obreros tapiaron la entrada a las oficinas centrales de la compañía, en protesta contra las reducciones salariales.

Estados Unidos:


En Chicago, en diciembre pasado 260 trabajadores de la fábrica Republic Windows and Doors ocuparon su planta en lo que fueron seis días determinantes. Con la ayuda de una inteligente campaña contra el mayor acreedor de la compañía, Bank of America (¡A ti te rescataron, a nosotros nos traicionaron!) y una masiva solidaridad internacional ganaron la indemnización que se les debía. La planta está en proceso de volver a abrir con nuevos dueños, haciendo ventanas energéticamente eficientes. Recontrataron a todos los trabajadores con los salarios que tenían.

En Chicago comienza a marcarse una pauta. Hartmarx, que también tiene su sede en esa ciudad, es una compañía con 122 años que hace trajes, incluyendo el azul marino que Barack Obama usó en la noche de las elecciones y su esmoquin y abrigo de la toma de posesión. Hartmarx está en bancarrota. Su mayor acreedor es Wells Fargo, que recibió un rescate de 25 mil millones de dólares de los contribuyentes. Hay dos ofertas para comprar la compañía y mantenerla operando, pero Wells Fargo la quiere liquidar. Y 650 trabajadores votaron en favor de ocupar su fábrica en Chicago, si el banco toma pasos para liquidarla.

Barack Obama ganó la elección prometiendo una recuperación de abajo hacia arriba en vez de arriba hacia abajo. Una prueba de esa promesa será dónde comprará su próximo traje.

© 2009 Naomi Klein.
Escrito por Naomi Klein y Avi Lewis, publicado el 5 de julio de 2009 en La Jornada.
http://naomiklein.org
Traducción: Tania Molina

3 de julio de 2009

Honduras tras el golpe



Un abrazo a la gente querida de Honduras.
Tomado de emol

El lado... de la vida



En las calles de Santiago, Chile.
Tomado de ffffound

24 de junio de 2009

Bolivia: freno a la pedagogía neocolonial

Las organizaciones indígenas y magisteriales de América Latina llevan ya muchos años de crítica y denuncia de los libros de texto que en las escuelas primarias y secundarias, institutos y universidades tuercen y desprecian la historia de nuestros pueblos.

El 6 de junio pasado, Día del Maestro boliviano, el presidente Evo Morales promulgó tres decretos, uno de los cuales propone incentivar y brindar apoyo oficial a los profesores que escriban textos escolares. Explícitamente se refirió a Santillana, editorial española a la que acusó de imponer una formación colonialista.

Santillana fue fundada en 1960 por Jesús Polanco Gutiérrez (1929-2008), quien empezó su carrera como librero modesto de Madrid y, con el tiempo, se convirtió en el personaje más influyente y poderoso de la llamada transición democrática y en amo absoluto del pulpo mediático Prisa.

Llevado de la mano por Manuel Fraga Iribarne (ilustre y legendario fascista gallego del Partido Popular), Polanco consiguió del generalísimo Francisco Franco la autorización para fundar El País (1973), periódico que arrancó con posiciones de izquierda, devino en pragmático y acabó alineado con las posiciones más conservadoras.

Seis años después, Polanco organizó la Fundación Santillana “… con el propósito de promover el estudio de nuevas técnicas educativas y de la comunicación”. Y gracias al tráfico de influencias de amigos incrustados en el régimen franquista y el Opus Dei, obtuvo buena información sobre la reforma educativa en materia de textos escolares.

Cuando la ley de Educación General Básica (EGB) fue aprobada, Santillana tenía todos los textos a punto. Pero en su libro El negocio de la libertad, el periodista español Jesús Cacho asegura que la verdadera fortuna de Polanco nació del juego de la exportación, sobrefacturando libros de España a Colombia, y desde Colombia a Estados Unidos.

Simultáneamente, Polanco se alzaba con el Instituto de Cooperación Iberoamericana, institución que le facilitó el acceso al general Augusto Pinochet, con quien hizo el negocio de su vida. Desde entonces, todos los niños chilenos se forman con los textos de Santillana, donde el tono peyorativo resulta similar al empleado por el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo en su Tratado natural de las Indias (1535), totalmente opuesto al del madrileño Alonso de Ercilla en La Araucana, que narra la lucha entre mapuches y españoles (1569).

En México, la Secretaría de Educación Pública de Vicente Fox pagó 350 millones de dólares a editoriales privadas. Ochenta por ciento del negocio se lo llevaron ocho empresas. La más beneficiada fue Santillana (100 millones).

Los libros de Santillana llegaron a Bolivia con la reforma educativa de 1994 (financiada por el Banco Mundial) y durante el gobierno de Hugo Banzer (1997-2001), que licitó la elaboración de los textos oficiales por parte de la editorial española. Un par de señoritas, hijas de los ministros de educación, fueron agraciadas con pasantías de un año en la casa matriz.

La decisión del gobierno boliviano no fue improvisada. Desde enero pasado, el Ministerio de Educación venía alertando que los libros de Santillana no podían considerarse textos oficiales. Por ende, no debían ser exigidos a las familias. José Luis Álvarez, secretario ejecutivo de la Federación de Trabajadores del Magisterio Urbano de La Paz, calificó los libros de la editorial de malos, descontextualizados y nada didácticos.

Por ejemplo, al revisar Historia y Geografía 4 (edición 2007), los especialistas destacan la notable fragmentación de información al estilo de la peor televisión: temas complejos que se resuelven con un bombardeo de recuadros en los que todo parece tener el mismo valor. Opiniones, párrafos entresacados de otros textos, preguntas, afirmaciones taxativas. Todo es mínimo, momentáneo, descartable.

Temas como políticas mundiales de seguridad (p. 190), integración regional sudamericana (p. 186), acuerdos económicos e integración mundial (p. 184), Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Área de Libre Comercio de las Américas, Organización Mundial de Comercio se explican como procesos naturales de estructuras e instituciones que el libro asume como realidades incuestionables y carentes de antecedentes e historia. Asimismo, la pobreza (p. 144) se califica como problema, realidad, condición, evitando el análisis serio y profundo de sus causas. Las tareas e investigaciones que sugiere este capítulo, muy comentado, se mantienen a nivel de descripciones generales, desarticuladas y descontextualizadas, recurriendo a lo fugaz y transitorio.

El negocio de Santillana cuenta con el apoyo del Estado español, que por mediación de los denominados créditos FAD, obligan a los países firmantes a adquirir bienes y servicios españoles, en particular materiales relacionados con proyectos educativos que son producidos y vendidos por empresas de este país.

En un intento por legitimar la producción de Santillana, un periódico derechista de Santa Cruz, se apresuró a indicar que todos los textos de la editorial son made in Bolivia (sic).
Artículo escrito por José Steinsleger. Publicado el 24 de junio de 2009 en La Jornada.

7 de junio de 2009

Perú: los indígenas contra el Estado y compañías petroleras

Yvon Le Bot* y Jean-Patrick Razon*

Enfrentamientos entre indígenas amazónicos y fuerzas armadas han dejadado decenas de muertos y numerosos heridos el viernes 5 de junio en el norte de Perú. Los nativos, que bloqueaban la ruta transamazónica, retuvieron como rehenes a varios policías. Las fuerzas del orden dispararon contra los manifestantes, utilizando helicópteros para ello, según algunas fuentes.

Estos enfrentamientos son resultado de un conflicto entre indígenas de la selva y el gobierno de Alan García, a causa de la explotación de las riquezas petroleras. Inmensas reservas han sido descubiertas en años recientes en la región. Un milagro, según el presidente García, que multiplican las iniciativas favorables a su explotación por las empresas extranjeras, incluido Perenco, un grupo franco-británico. Esto tiene consecuencias trágicas para las comunidades de cazadores-recolectores que obtienen sus recursos del bosque y de los caudales de agua.

Los indígenas agrupados en la Asociación Interétnica para el Desarrollo de la Selva Peruana se han movilizado contra la destrucción y la contaminación de su espacio vital y, después de varias semanas, la tensión no termina. Ellos han recibido el apoyo de numerosos sectores de la población en todo el país. Antes de los acontecimientos de los últimos días, una movilización general había sido programada para el jueves 11 de junio.

El gobierno manifestó su voluntad de pasar a toda costa, de abrir la vía a las compañías, burlándose de los derechos reconocidos a las comunidades desde los años 1970 (por parte del gobierno militar progresista de Juan Velasco Alvarado), protegidos por las convenciones de Naciones Unidas.

Esto que pasa en Perú es una ilustración dramática de un problema que se ha hecho crucial en toda América Latina: la explotación del subsuelo y la devastación del medio ambiente en detrimento de los pueblos autóctonos y de la biodiversidad. En Brasil, Chile, Colombia, Guatemala... los grupos indígenas se oponen a las empresas de explotación de recursos petroleros, mineros o forestales. En Ecuador, las comunidades amazónicas abrieron un proceso histórico contra la empresa trasnacional Texaco, que ha provocado un verdadero desastre ecológico en una vasta región. No se había visto jamás que las comunidades amazónicas intentaran un proceso contra una gran multinacional y todavía menos que los tribunales se mostraran sensibles a sus argumentos (una decisión final se espera próximamente).

Varios gobiernos latinoamericanos le han tomado la medida al problema y se esfuerzan por avanzar hacia las soluciones negociadas. Ese es el caso de Bolivia, donde el presidente indígena Evo Morales ha renacionalizado las reservas de hidrocarburos y renegociado con las empresas extranjeras las condiciones de su explotación, a fin de asegurar una redistribución más equitativa de los beneficios, notablemente por medio de programas de desarrollo, de educación y de salud para las poblaciones que lo requieren. El presidente ecuatoriano, Rafael Correa, ha propuesto, en tanto, congelar la explotación de una región entera de la Amazonia por razones ecológicas y a cambio de contrapartidas financieras de parte de la comunidad internacional. En Brasil, una decisión reciente de la Corte Suprema de Justicia ha venido a confirmar una orden del presidente Luiz Inacio Lula da Silva que reconoce un inmenso territorio de los grupos indígenas en el norte de la Amazonia y frena así la penetración de buscadores de oro o de traficantes de madera (en total, 13 por ciento de la superficie de Brasil está hoy constituida como territorio indígena).

Los movimientos indios que se han desarrollado en América Latina en las últimas décadas han obtenido avances importantes en nombre del país y han incluido el reconocimiento de los derechos territoriales. Sin embargo, el subsuelo queda como propiedad de la nación y la mayoría de las veces su explotacion es confiada a compañías nacionales o multinacionales que pillan y saquean sin consideración de los ocupantes ni del medio ambiente.

* Yvon Le Bot, director de investigacion del Centro Nacional de Investigacion Científica (CNRS, por sus siglas en francés), es autor de La grande révolte indienne, ediciones Robert Laffont, 2009.

* Jean-Patrick Razon es director de Survival International (France), movimiento mundial de apoyo a los pueblos indígenas (www.survivalfrance.org).

Traducción: Guillermo García Espinosa

Publicado el 7 de junio de 2009 en La Jornada.

4 de junio de 2009

Rescate o nacionalización

Si hubiera ocurrido en México o cualquier otro país latinoamericano, estaría hablándose de socialismo o, al menos, de populismo. Pero como sucede en Estados Unidos es el apropiado rescate del general Motor, que junto con el general Electric, son los personajes de celebrado chascarrillo gallego. Con 100 años de existencia, General Motors fue hasta el año pasado la principal fábrica de automóviles del planeta, la desbancó Toyota. Ayer se convirtió en Automotriz Obama al recurrir a la protección del capítulo 11 de la ley de quiebras. Bush le heredó el problema al nuevo presidente que de entrada se negó a darle otra ayuda de miles de millones de dólares sin tener la garantía de que los contribuyentes recuperarían su dinero y la empresa realmente saldría a flote. Irritaba a la opinión pública que sus altos ejecutivos llegaran en sus aviones privados a pasar la charola. El rescate le inyectará otros 30 mil millones de dólares, además de 20 mil millones que le proporcionó antes, pero se queda con 60 por ciento de las acciones. La Automotriz Obama funcionará mientras General Motors se restructura. En su momento venderá las acciones y recuperará el dinero de los ciudadanos. En México el pripanismo siguió otro procedimiento: los politicos suministraron miles de millones a los bancos como regalo y de pilón los entregaron al extranjero. ¿Sería gratuito el servicio?

Tomado de la columna Dinero escrita por Enrique Galván Ochoa.

3 de junio de 2009

Adiós, General Motors

Michael Moore

Escribo esto en la mañana del fin de la otrora poderosa General Motors. Al mediodía, el presidente de Estados Unidos lo hará oficial: General Motors, como la conocemos, ha terminado.

Sentado aquí en la ciudad natal de GM, Flint, Michigan, estoy rodeado de amigos y familiares llenos de ansiedad por lo que pasará con ellos y con la ciudad. Cuarenta por ciento de los hogares y negocios de la localidad han sido abandonados. Imagine el lector lo que sería vivir en una ciudad donde casi todas las demás casas estuvieran vacías. ¿Cuál sería su estado de ánimo?

Es una triste ironía que la compañía que inventó la obsolescencia planeada –la decisión de construir automóviles que se cayeran en pedazos en unos cuantos años para que el cliente tuviera que comprar otro coche– ahora se haya vuelto obsoleta. Se negó a fabricar los automóviles que el público quería, que tuvieran gran rendimiento de gasolina, que fueran lo más seguros posible y extremadamente cómodos de manejar. Ah, y que no comenzaran a desmoronarse en unos años.

GM se empeñó en combatir las reglamentaciones ambientales y de seguridad. Sus ejecutivos desdeñaban con arrogancia los inferiores autos japoneses y alemanes, los cuales llegarían a ser el patrón oro de los compradores de coches. Y estaba empecinada en castigar a su fuerza de trabajo sindicalizada, despidiendo a miles de trabajadores por ninguna otra razón que mejorar el estado de resultados a corto plazo de la corporación. De 1980 en adelante, cuando reportaba utilidades sin precedente, trasladó incontables puestos de trabajo a México y otros lugares, con lo que destruyó la vida de decenas de miles de esforzados estadunidenses. La patente estupidez de esta política radicaba en que, al eliminar el ingreso de tantas familias de clase media, ¿quién creían que iba a poder comprar sus automóviles? La historia registrará este yerro en la misma forma en que hoy recuerda a los franceses que construyeron la Línea Maginot o a los romanos que envenenaron inadvertidamente su sistema de agua al incorporar plomo letal a sus tuberías.

Aquí estamos, pues, en el lecho de muerte de General Motors. El cuerpo de la empresa aún no está frío y descubro que me siento rebosante de –me atrevo a decir– júbilo. No es el júbilo de la venganza contra una corporación que arruinó mi ciudad natal, que dejó sin hogar a la gente con la que crecí y le trajo miseria, divorcios, alcoholismo, desamparo, debilidad física y mental y drogadicción. Tampoco, obviamente, me alegra saber que otros 21 mil trabajadores de GM recibirán la noticia de que también ellos se han quedado sin empleo. Pero ustedes y nosotros y el resto de los estadunidenses ¡ahora somos dueños de una empresa automotriz!

Lo sé, lo sé... ¿quién diablos quiere manejar una fábrica de autos? ¿Quién de nosotros quiere que 50 mil millones de dólares de nuestros impuestos se arrojen al agujero de ratas que será este nuevo intento de rescate de GM? Digámoslo con claridad: la única forma de salvar a la empresa es darle muerte.

Sin embargo, salvar nuestra preciosa infraestructura industrial es otra cosa, y debemos darle máxima prioridad. Si dejamos que cierren y desmantelen nuestras plantas, lamentaremos amargamente su desaparición cuando caigamos en cuenta de que esas fábricas podrían haber construido los sistemas de energía alternativa que necesitamos con desesperación. Y cuando reparemos en que la mejor forma de transportarnos es con ferrovías ligeras, trenes balas y autobuses más limpios, ¿cómo podremos construirlos si permitimos que desaparezca nuestra capacidad industrial y su fuerza de trabajo capacitada?

Así pues, ahora que el gobierno federal y el tribunal de quiebras reorganizan a General Motors, he aquí el plan que pido al presidente Barack Obama que ponga en práctica para bien de los trabajadores, de las comunidades de GM y de la nación en su conjunto. Hace 20 años, cuando hice Roger & Me, traté de advertir a la gente sobre lo que le esperaba a General Motors. Si la estructura del poder y la tecnocracia hubiera escuchado, tal vez mucho de esto se habría podido evitar. Con base en mi trayectoria, solicito que se preste honrada y sincera consideración a las sugerencias siguientes:

1. Así como hizo el presidente Roosevelt después del ataque a Pearl Harbor, Obama debe decir a la nación que estamos en guerra y que debemos convertir de inmediato nuestras fábricas de automóviles en instalaciones que construyan vehículos de transporte en masa y dispositivos de energía alternativa. En 1942, en Flint, en cuestión de meses GM detuvo toda la producción de autos y de inmediato usó las líneas de producción para construir aviones, tanques y ametralladoras. La conversión se realizó en un abrir y cerrar de ojos. Todo el mundo participó. Los fascistas fueron derrotados.

Ahora estamos en una guerra diferente, la que hemos emprendido contra el ecosistema, guiados por nuestros líderes. Esta guerra tiene dos frentes. Uno tiene su cuartel general en Detroit. Los productos construidos en las fábricas de GM, Ford y Chrysler son algunas de las mayores armas de destrucción en masa, causantes del calentamiento global y del derretimiento de nuestros casquetes polares. Puede que esos objetos que llamamos carros sean divertidos de manejar, pero son como un millón de dagas en el corazón de la madre naturaleza. Continuar construyéndolos sólo conducirá a la ruina de nuestra especie y de gran parte del planeta.

El otro frente en esta guerra ha sido abierto por las compañías petroleras contra ustedes y yo. Están dedicadas a esquilmarnos todo lo que pueden, y han sido irrefrenables vendedoras de la finita cantidad de petróleo que se ubica bajo la superficie de la tierra. Saben que la están chupando hasta dejarla seca. Y como los magnates madereros de principios del siglo XX, a quienes les importaban un cacahuate las generaciones futuras y arrasaban con cuanto bosque cayera en sus manos, estos barones del petróleo no dirán al público lo que saben que es verdad: que queda sólo crudo utilizable para unas cuantas décadas más en el planeta. Y conforme los días finales del petróleo se acercan, prepárense para ver a algunas personas muy desesperadas, dispuestas a matar o morir por un litro de gasolina.

El presidente Obama, ahora que ha asumido el control de GM, necesita convertir de inmediato las fábricas a los nuevos usos necesarios.

2. No pongan otros 30 mil millones de dólares en las arcas de GM para fabricar automóviles. Usen ese dinero para mantener empleada a la actual fuerza de trabajo –y a la mayoría de los que han sido despedidos– para que pueda construir los nuevos modos de transporte del siglo XXI. Que el trabajo de conversión empiece ahora mismo.

3. Anuncien que en los próximos cinco años tendremos trenes balas cruzando el país. Japón celebra este año el aniversario 45 de su primer tren bala; ahora tiene docenas. Velocidad promedio: 265 kilómetros por hora. Tiempo de demora promedio: 30 segundos. Ellos llevan ya casi cinco décadas con esos trenes de alta velocidad... ¡y nosotros no tenemos uno solo! Es criminal que ya exista la tecnología para ir de Nueva York a Los Ángeles en 17 horas, y que no la hayamos usado. Contratemos a los desempleados para que construyan las nuevas vías de alta velocidad por todo el país. De Chicago a Detroit en menos de dos horas. De Miami a Washington en menos de siete. De Denver a Dallas en cinco y media. Se puede hacer, y hacerse ya.

4. Emprendan un programa para poner líneas de tren ligero masivo en todas nuestras ciudades grandes y medianas. Construyan esos trenes en las fábricas de GM. Y contraten pobladores locales en todas partes para instalar y operar este sistema.

5. Para los habitantes de zonas rurales que no sean atendidos por los trenes, que las plantas de GM produzcan autobuses limpios y eficientes en el uso de energía.

6. Por el momento, que algunas fábricas construyan vehículos híbridos o eléctricos (y baterías). Llevará algunos años que la gente se acostumbre a las nuevas formas de transporte, así que si vamos a tener automóviles, que sean más amables. Podemos construirlos el mes próximo (no le crean a quien les diga que llevaría años reacondicionar esas fábricas: no es cierto).

7. Transformen algunas de las fábricas vacías de GM en instalaciones que construyan molinos de viento, paneles solares y otros medios de energía alternativa. Ahora mismo necesitamos decenas de millones de paneles. Y existe una fuerza de trabajo capacitada y dispuesta que puede construirlos.

8. Concedan incentivos fiscales a quienes se transporten en automóvil híbrido o en autobús o tren. También, créditos para quienes conviertan su hogar a energía alternativa.

9. Para contribuir a sufragar esto, impongan un gravamen de dos dólares por cada litro de gasolina. Esto impulsará a las personas a cambiar hacia autos ahorradores de energía o a utilizar las nuevas líneas de tren que las antiguas empresas automotrices han construido para ellas.

Bueno, es un principio. Por favor, por favor, no salven a GM para que una versión más pequeña de ella no haga otra cosa que construir Chevys o Cadillacs. Eso no es solución a largo plazo. No tiren dinero bueno en una compañía cuyo tubo de escape funciona mal y llena el auto de un olor extraño. Este año se cumple un siglo de que los fundadores de General Motors convencieron al mundo de renunciar a sus caballos, sus sillas y sus carruajes para probar un nuevo modo de transporte. Ahora es tiempo de que digamos adiós al motor de combustión interna. Parece habernos servido bien durante largo rato. Disfrutamos los restaurantes de servicio en el auto. Nos divertimos en el asiento delantero y también en el trasero. Vimos películas en grandes pantallas al aire libre, fuimos a las carreras en pistas de todo el país, y echamos nuestra primera ojeada al Pacífico desde la ventanilla por la autopista costera. Y ahora, ya acabó. Es un nuevo día y un nuevo siglo. El presidente –y el sindicato de trabajadores automotrices– deben aprovechar el momento y crear una gran jarra de limonada con este limón* tan amargo y triste.

Ayer, la última persona sobreviviente del desastre del Titanic pasó a mejor vida. Escapó a una muerte segura esa noche y vivió otros 97 años. Del mismo modo, podemos sobrevivir a nuestro Titanic en todos los Flints, Michigan, de este país. Sesenta por ciento de GM es nuestro. Creo que podemos darle un mejor empleo.

* En lenguaje informal, los estadunidenses llaman lemon a cualquier objeto inservible, por ejemplo un automóvil (T.)

Traducción: Jorge Anaya

Publicado en La Jornada el 3 de junio de 2009.

Embotellados

El negocio del agua embotellada que se extiende en el planeta amenaza con limitar el acceso al líquido sólo a las personas que puedan pagar por ella hasta 10 mil veces su valor.

Se trata de una fase más de la privatización del recurso, en la cual las empresas buscan controlar todos los recursos hídricos, advierte Tony Clarke, autor del libro Embotellados, el turbio negocio del agua embotellada y la lucha por la defensa del agua.

Son cuatro las grandes empresas que generalmente no pagan el producto que envasan y tampoco hay garantías de que sea más saludable –como promueven– que el que sale de la llave. En este momento quieren aprovechar los territorios de América Latina para expandirse, ante la resistencia que ya enfrentan en Canadá y Estados Unidos, señala Clarke en entrevista con La Jornada. En 2002 publicó junto con Maude Barlow el libro Oro azul, en el cual aborda la escasez del agua y su inicial proceso de privatización.

–¿Qué ha pasado entre la publicación de Oro azul y este libro?

–Una de las cosas que tenemos más claras desde que se publicó Oro azul es que en Europa, Canadá y Estados Unidos la punta de lanza de la privatización del agua ha sido embotellarla.

Oro azul

“El objetivo de privatizar 70 por ciento de los servicios públicos de agua, que era la proyección de empresas como Suez y Veolia, fue un fracaso. Después de Oro azul nos dimos cuenta de que teníamos que enfocarnos hacia la otra parte del proceso de privatización, que es la industria del agua embotellada. Parte de la esa estrategia consiste en convencer a la gente de que beber el agua de la llave es dañino para la salud y es más saludable la embotellada, con lo que se favorecería la privatización por ambas vías: si ya pagas mil o hasta 10 mil veces más por la que consumes envasada, por qué no aceptar que se privatice el servicio público. Cerca de un tercio de la población en Estados Unidos y Canadá cubre sus necesidades de hidratación directamente del agua embotellada”.

–¿Los pobres tienen que pagar más por el agua?

–No sólo van a pagar más. Al mismo tiempo, mediante el consumo de agua embotellada, contribuyen a la degradación y la destrucción ambiental. Las botellas de plástico terminan en basureros a cielo abierto, en rellenos sanitarios e incluso en los ríos. El reciclaje de envases no funciona, ya que de las botellas de Coca Cola sólo 10 por ciento es reciclable.

“Además –agrega–, no existe ninguna garantía de las empresas de que el agua que venden es más limpia, pura y saludable que la que recibimos por el grifo en nuestras casas”.

–¿Cuáles son las ganancias de estas firmas?

–Nestlé es la principal empresa alimentaria del planeta; está entre las 15 primeras de la lista de 500 de Fortune, y la división de agua embotellada es la que más rápido ha crecido en ganancias en todo el mundo. En el caso de Coca Cola y Pepsi Cola, que venden bebidas carbonatadas, éstas han empezado a ser desplazadas por el agua, rubro que para ellas también es una fuente de ingresos creciente.

En este libro se menciona que las ganancias son hasta de 35 por ciento, pero en un análisis más cuidadoso vemos que prácticamente no pagan nada por el agua, ya que la obtienen de las redes públicas, de acuíferos o ríos. Los costos provienen de los empaques y de la publicidad, la cual está dirigida al público en el sentido de que es mejor consumir el agua que venden, pero por la cual ellas no pagan.

–¿A qué nivel de privatización de agua se puede llegar?

Control de recursos hídricos

–Las embotelladoras y las privatizadoras de servicios públicos se están vinculando. Tratan de construir una alianza para la administración del agua global. Esto significa que tratan de hacerse del control de los recursos hídricos del planeta, lo que es grave y peligroso. Si obtienen ese control, sólo tendrán acceso al líquido quienes puedan pagar los precios que les impongan.

“En un momento de crisis como el actual, el control monopólico que tratan de ejercer por el recurso hídrico significa que mucha gente va a perder el acceso a éste, y siendo que es esencial para la vida, entonces la vida de la gente está en riesgo por esta privatización.

“Lo que trato de decir cuando habló de la vinculación es que en el contexto de la Organización de Naciones Unidas hay una instancia que se denomina El mandato de los ejecutivos del agua, que es un intento de legitimización, no sólo de las empresas vinculadas directamente con el agua, como las refresqueras y servicios públicos, sino de todas aquellas en las que el agua es esencial para sus actividades. Utilizan esta estructura para hacerse de legitimidad.

–¿El derecho humano al agua es un sueño?

–Podemos creer o no en el derecho humano al agua; yo creo que sí es un derecho fundamental, pero no es suficiente con plantearlo así. Se debe tomar en cuenta que se trata de un bien común y de un bien ecológico. En el sistema capitalista el agua no va a ser llevada a aquellos que la necesitan ni en la cantidad requerida, sino más bien a quienes que puedan pagar por ella.

–México esta ubicado entre los principales consumidores de agua embotellada en el mundo, ¿A qué lo atribuye?

–A sabiendas de que en México puede haber 6 mil o más embotelladores de agua, en realidad el mercado está controlado por las cuatro grandes, fundamentalmente Coca Cola. Una de las causas por las cuales este mercado crece de manera desproporcionada tiene que ver con que estas empresas explotan el hecho de que en México hay malos servicios de abastecimiento de agua potable. Es una estrategia que se da en América Latina.

En Estados Unidos, Canadá y Europa crece un movimiento de resistencia contra el agua embotellada que ha ocasionado una disminución de sus ventas, y en Canadá ya hay 50 ciudades donde las autoridades han establecido restricciones a su venta en lugares públicos.

La versión en español del libro Embotellados, el turbio negocio del agua embotellada y la lucha por la defensa del agua circula bajo la editorial Itaca.

Vean el avance del documental Flow, que trata del problema del agua a nivel mundial.

Publicado el 3 de junio de 2009 en La Jornada.

28 de mayo de 2009

La dependencia ha llevado al país para abajo en desarrollo

Entrevista a Lorenzo Meyer hecha por Roberto González Amador y publicada el 28 de mayo de 2009 en la Jornada.

La clase política mexicana y la elite del poder echaron por la borda el nacionalismo. Prometieron, pero no cumplieron, un país moderno, globalizado, integrado al mercado mundial. La pregunta que se hace el historiador Lorenzo Meyer es si, tres lustros después de que un nuevo modelo de desarrollo fue impuesto, México va mejor.

Lo que ganamos es dependencia. Irnos para abajo en el desarrollo, plantea Meyer, profesor e investigador en El Colegio de México. Decisiones políticas, tomadas desde inicios de la década pasada, unieron a México con Estados Unidos, al menos en el plano económico. “Para nosotros, cada año que pasa sin crecimiento apropiado (6, 7 por ciento anual) lo hemos perdido. Y nos dicen: ‘espérense, ya para el 2014 o 2015 la cosa habrá cambiado. ¿Ese es el proyecto nacional? Pues qué pobre proyecto’”.

Procedente de las prensas de editorial Océano, a principio de este año, Las raíces del nacionalismo petrolero en México, un trabajo que salió a la luz por primera vez en 1968 bajo el título de México y Estados Unidos en el conflicto petrolero, 1917-1942. En la nueva batalla por el petróleo mexicano, conocer los orígenes y razones del esfuerzo nacionalista es una manera de contribuir a poner en claro la dimensión del reto al que México se ha vuelto a enfrentar, dice el autor en la presentación de la obra. Un tema en el que abunda en una entrevista con La Jornada.

–¿Cuál es ese reto al que alude en la presentación de su libro?

–El reto es que la clase política mexicana y la elite del poder mexicana han decidido desde 1980 que realmente el nacionalismo tal y como se fue formulando en México desde el siglo XIX ya no es necesario, que es un problema y un obstáculo al México que ellos han prometido, pero que no han logrado: un país muy moderno, integrado al mercado mundial y a la globalización. Y según esa elite, estos fantasmas del pasado, como tener el control directo del petróleo, no ayudan, son adherencias históricas que ya debieron de haberse quitado.

Para el historiador, justamente ahora, en 2009 queda claro y transparente que hay una serie de errores en ese cálculo. En primer lugar, la globalización no trajo lo que prometió; si el momento cumbre es la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte en 1993, pues llevamos ya 16 años y esta economía no sale y 16 años en el siglo XXI es como un siglo de hace 200 o 300 años. Así que, plantea, echaron por la borda el nacionalismo pero ¿nos fue mejor?

Lorenzo Meyer abunda: “El nacionalismo ha sido usado de manera muy demagógica, pero hay de nacionalismos a nacionalismos y el petrolero fue del real, porque obligó no solamente a su gobierno, sino a su sociedad a enfrentarse a Estados Unidos y Europa y, lo que es más importante, a tener éxito. Son tan poquitos nuestros éxitos, los realmente grandes se pueden contar con los dedos de una sola mano. Éste es uno de ellos y el año pasado –cuando el gobierno planteó una reforma que permitía capital privado en la industria–se dijo que esto ya no era importante”.

“Está bien. Si ese ya no es un elemento importante para la elite del poder, ¿cuál lo sustituye? ¿La existencia de una sociedad justa e igualitaria, como podría ser el orgullo de los países escandinavos? ¿La existencia de un sistema político realmente democrático, como podrían ser todos los de Europa occidental? ¿La existencia de un sistema de justicia realmente justo, donde ricos o pobres reciban exactamente el mismo trato y la justicia brille? ¿Cuál? No tenemos ninguno. ¿Un sistema educativo que, aunque no seamos una gran potencia como Finlandia, se pueda decir: ‘aquí mis niños saben sumar, restar, multiplicar, álgebra y escribir y conocen su idioma’. ¿Ese? Pues tampoco. Entonces, si nos quitan el nacionalismo petrolero y no nos dan nada, me parece entre un crimen y una estupidez. Un crimen, una estupidez y una traición, un poquito de todo o todo junto”.

–En otra parte del libro se refiere a una suerte de tensión que prevalece entre nacionalistas y privatizadores.

–Subsiste, desde luego. Se abatió un poco porque los más nacionalistas lograron detener a la parte más privatizadora. Pero los privatizadores no se han ido y han seguido insistiendo en abrir las puertas a empresas externas, al capital privado. Los nacionalistas creo que quedaron exhaustos, pero tampoco se han ido y ahí está Andrés Manuel López Obrador, que es el portaestandarte de este nacionalismo, sigue dándole vueltas al país y no pierde oportunidad de señalar que en el caso del petróleo hay que mantenerse alerta. Así que las dos fuerzas están listas para el siguiente choque.


Tomado de globalparadigms.blogspot.com
–¿Cuál es ese siguiente choque?

–Cuando alguno de los dos acumule suficiente poder, como para intentar volver a imponer su proyecto. Yo me temo que quienes están acumulando poder son los privatizadores. Tienen la sartén por el mango, pero no han podido legitimar su posición. No han podido convencer de que el petróleo ya no tiene ninguna importancia. Así que yo creo que están esperando volver, desgastar un poco más al movimiento nacionalista y volver a dar el golpe. Después de todo, ellos están en el gobierno, los nacionalistas están fuera.

–En la presentación del libro, hablando nuevamente sobre este tema, dice que este debate del año pasado provocó que el petróleo fuera el centro de un choque entre la izquierda y la derecha. Probablemente antes de esta discusión, esa distinción tan clara que hace se estaba difuminando.

–Estaba difuminada porque la izquierda no había tomado un tema nacionalista. El nacionalismo simplifica mucho, desde luego, pero nos ayudó en este caso, porque antes de eso ciertamente no se había tocado algo tan evidentemente objeto del nacionalismo o del repudio de quienes no se sienten nacionalistas.

–Y en el libro también destaca la actualidad que tiene hablar de soberanía, cuando en algunos círculos se busca hacer creer que este tema no es importante.

–Nacionalismo y soberanía son dos conceptos difíciles de asir y se prestan mucho a la manipulación e incluso la demagogia. Pero sin ellos no se entiende un proceso nacional. Nuestra soberanía nunca ha sido completa, y no sé si alguna vez será. Pero hasta ahorita lo más que tenemos es una soberanía relativa y, eso sí, muy emotiva, ligada al patriotismo, al nacionalismo: la idea de que el mundo se opuso a que México tuviera el dominio de su petróleo. Y México logró ese dominio, fue un momento en que el país logra, por muy poco tiempo, capturar la esencia de la soberanía. Ahora lo que nos dicen es que como manejamos muy mal el petróleo, se lo demos a los que pueden venir a descubrir el tesorito, a los que pueden sacar el tesorito, a los que pueden construir las refinerías para que el tesorito salga rápido.

Si hablamos de la elite económica mexicana, a ésta lo de la soberanía la tiene sin cuidado, lo que quiere son ganancias; pero para un mexicano normal, común y corriente, que no tiene nada de qué sentirse orgulloso de su país, también le quitan lo último de lo que sí podía sentirse orgulloso.

–En una parte de su libro menciona que la expropiación del petróleo quebró la dependencia económica del país. Ahora parece ser que lo que se busca es la dependencia económica.

–Ni duda. Ese es el gran problema de los últimos años. La idea de Carlos Salinas (presidente de 1988 a 1994) con su gobierno ilegítimo, ante una debilidad política y económica, decide que el país sólo puede salvarse si se engancha, como una especie de cabús, al gran tren estadunidense. El interés nacional ya no se va a definir como hasta entonces, que entre un poco más lejos de Estados Unidos mejor para el interés nacional, sino al contrario. Entonces la dependencia se definió como el interés nacional y una buena parte de los mexicanos compró esa idea y no nada más las clases altas. La verdad también es que aquí la opinión pública aplaude a cualquier presidente, hasta al de ahora.

A partir del gobierno del ex presidente Salinas, apuntó, el proyecto del grupo gobernante ha sido unir el país a Estados Unidos. Pero resulta que la economía de ese país crece muy poco, porque ya creció muchísimo, entonces no tiene mucho dinamismo.

Nosotros nos unimos a la economía menos dinámica. Cuando Estados Unidos va creciendo, México no crece mucho, casi nada. Esa dependencia le dio apoyo político a Salinas, pero no le dio energía a la economía. Ahora de 2008 a acá, Estados Unidos se va para abajo y México todavía más, esa es la dependencia, eso es lo que ganamos, irnos más abajo.